En la Roma antigua existía una diosa tan enigmática que los hombres no solo tenían prohibido participar en sus ceremonias, sino incluso pronunciar su nombre. Era Bona Dea, la «Diosa Buena», protectora de la fertilidad, la salud y la curación, cuyo culto constituye uno de los episodios más fascinantes y menos conocidos de la religión romana.

Su principal atributo era la serpiente, símbolo ancestral de la medicina y de la regeneración. No es casualidad: el santuario de Bona Dea fue durante siglos un auténtico centro de conocimientos terapéuticos donde las sacerdotisas elaboraban remedios naturales a partir de plantas medicinales. Podría decirse, salvando las distancias, que fue una de las primeras «farmacias» de la Antigüedad, aunque gestionada exclusivamente por mujeres.
Una diosa sin nombre
Paradójicamente, Bona Dea no era realmente un nombre propio, sino un apelativo. Diversos autores antiguos, entre ellos Cicerón, Varrón, Servio y Macrobio, coinciden en señalar que el verdadero nombre de la divinidad permanecía oculto. Según la tradición, ningún hombre debía conocerlo ni pronunciarlo.
Las fuentes antiguas ofrecen distintas explicaciones sobre este misterio. Algunas identifican a Bona Dea con Fauna, esposa o hija del dios Fauno; otras la relacionan con la propia Tierra, fuente de toda fertilidad y de toda vida. Macrobio incluso enumera varios de sus nombres —Bona, Fauna, Ope o Fatua—, reflejo de las múltiples funciones que la tradición le atribuía como protectora de la naturaleza, los animales, la abundancia y la capacidad profética.
Un santuario reservado exclusivamente a las mujeres

Si hubo un rasgo que distinguió el culto de Bona Dea fue su carácter estrictamente femenino. Los hombres tenían prohibido acceder al templo, contemplar los rituales o participar en las ceremonias.
Los autores griegos llegaron a denominarla theós gynaikeía, «la diosa de las mujeres», mientras que Macrobio la describe como una divinidad de cuyos misterios los hombres debían mantenerse alejados.

Esta exclusividad femenina convirtió sus ceremonias en uno de los cultos más singulares de Roma. Los rituales se celebraban de noche y eran dirigidos por la esposa del magistrado con imperium —normalmente un cónsul o un pretor— con la colaboración de las vírgenes Vestales. Aunque sus celebraciones estaban rodeadas de un profundo secreto, no eran reuniones clandestinas: formaban parte del calendario oficial romano y eran financiadas por el Estado, pues se celebraban pro populo y pro salute populi, es decir, por el bienestar y la salud de toda la comunidad.
El escándalo que sacudió Roma
El episodio más famoso relacionado con Bona Dea tuvo lugar en diciembre del año 62 a. C., cuando Publio Clodio Pulcro, joven aristócrata y futuro tribuno de la plebe, decidió infiltrarse disfrazado de mujer en la ceremonia celebrada en casa de Julio César.
Su objetivo continúa siendo objeto de debate: algunos autores antiguos sugieren que pretendía encontrarse con Pompeya, esposa de César; otros creen que simplemente quería descubrir los secretos del culto.
Fuera cual fuese su intención, el hecho fue considerado un sacrilegio sin precedentes. Cicerón lo acusó de haber profanado unos ritos cuya contemplación estaba vedada incluso a los hombres que pudieran acceder por accidente. Aunque Clodio fue llevado a juicio, logró la absolución mediante el soborno del jurado, según denuncian las propias fuentes antiguas.
Años después moriría cerca del templo de Bona Dea, circunstancia que Cicerón interpretó como un castigo divino por la profanación cometida.
La gran farmacia de la Antigüedad
Más allá del misterio que rodeaba sus ceremonias, el templo de Bona Dea fue conocido por albergar un importante saber terapéutico.

Macrobio afirma que allí existían numerosas plantas medicinales con las que las sacerdotisas preparaban remedios destinados, principalmente, a tratar las enfermedades de las mujeres. Ovidio, por su parte, menciona en su Ars Amatoria que las mujeres acudían al templo para recibir tratamientos cosméticos y medicinales.
Todo indica que nos encontramos ante una de las escasas instituciones de la Antigüedad donde el conocimiento sanitario era transmitido de mujeres a mujeres. Durante siglos, estas sacerdotisas desempeñaron una labor curativa al margen de la medicina oficial ejercida por los hombres.
Sin embargo, ese saber femenino acabaría siendo objeto de sospecha. Los conocimientos sobre hierbas, ungüentos y preparados medicinales terminaron asociándose en el imaginario romano con la magia, los filtros amorosos, los venenos e incluso los abortivos, alimentando prejuicios que perdurarían durante siglos.
Un culto entre el misterio y la política
Aunque sus ceremonias permanecían ocultas, el culto de Bona Dea tenía una extraordinaria importancia política. Su festividad estaba financiada por el Estado, figuraba en el calendario religioso romano y era considerada indispensable para garantizar la prosperidad de la ciudad.
Como diosa de la fertilidad protegía simultáneamente la fecundidad de los campos, del ganado y de las mujeres, elementos inseparables para la supervivencia de Roma. En ella convergían la religión, la medicina, la agricultura y la estabilidad del Estado.
El legado de Bona Dea
La historia de Bona Dea nos permite descubrir una realidad poco conocida del mundo romano: la existencia de espacios religiosos, sanitarios y simbólicos gestionados exclusivamente por mujeres.
Su templo fue mucho más que un lugar de culto. Fue también un centro de transmisión del conocimiento botánico, un refugio para la medicina femenina y un símbolo del poder religioso de las mujeres en una sociedad profundamente patriarcal.
Quizá por ello el misterio que envolvía a Bona Dea nunca desapareció del todo. Aún hoy sigue siendo una de las divinidades más fascinantes de la religión romana y un ejemplo excepcional del papel que desempeñaron las mujeres en la conservación y transmisión del saber en la Antigüedad.

Para consultar el texto completo: Real Torres, C. (2014). Farmacología femenina en la antigua Roma: una medicina alternativa. In Género y conocimiento en un mundo global. Tejiendo redes. Servicio de Publicaciones, Universidad de La Laguna, 396 – 410.