El eterno retorno de las brujas

La caza de brujas, un tema tan antiguo como controvertido, cobra vigencia a la luz de los numerosos ataques perpetrados contra el género femenino, en particular, debido al aumento del feminicidio, y, en algunos países, como América latina, Sudáfrica, Tanzania, Nigeria, Ghana, Kenia o la India, el retorno a la caza de brujas. Organizaciones humanitarias han condenado esta creciente ola de asesinatos y se quejan de que la impunidad y la falta de medidas contra los agresores conlleva la intensificación de la violencia por razón de género.

Más importante aún, la figura de la bruja -la hereje, la curandera, la partera, la envenenadora, la adivina, la prostituta, la mujer emancipada- parece cobrar fuerza en el imaginario colectivo de una sociedad cuyos medios de comunicación nos salpican a diario con noticias tan escalofriantes como el asesinato de mujeres por sospechas de brujería, impulsados por movimientos de justicia popular. La aparición de los “bajakazi” en la República Democrática del Congo, una especie de predicadores, en su mayoría mujeres, que afirman tener el poder de “detectar brujas”, o la existencia de campos de brujas en Ghana, antesalas de la muerte, donde todo tipo de mujeres marginales pasan sus últimos años de vida tras ser acusadas y repudiadas por sus familiares y vecinos, son casos de brutal actualidad. Está claro que este tipo de cacerías está lejos de ser algo del pasado, teniendo en cuenta que en algunos países como Arabia Saudí continúa vigente la pena de muerte por este delito.

Surge entonces la pregunta obligada ¿Cómo es posible que, en pleno siglo XXI, existan cazadores de brujas? ¿Cómo explicar que, durante siglos, miles de mujeres hayan sido juzgadas, torturadas y ejecutadas, acusadas de ser portadoras de epidemias para los hombres y para el ganado, de poseer poderes sobrenaturales y actuar sobre las fuerzas de la naturaleza, de tener tratos con animales salvajes, de practicar el culto al diablo… Aquelarres, hechizos, vuelos sobre escoba… Todo parece sacado de un relato fantástico o simplemente de un mal sueño. ¿Pero es lo fantástico lo contrario de lo real?

Jasón y Medea, J. W. Waterhouse | Wikipedia

A menudo, pasa desapercibida la importancia que la caza de brujas tuvo para entender el papel de la mujer en la sociedad actual. Hoy en día continuamos utilizando la palabra «bruja» como insulto a aquellas mujeres que no siguen un patrón tradicional. Pero ¿quiénes eran estas brujas? Bruja era toda mujer que practicase la sexualidad fuera de los vínculos del matrimonio y la procreación, que osara desempeñar un rol impropio de su género o, sin ir más lejos, que no acatara las normas sociales de su época.

Si examinamos este hecho desde el punto de vista académico, comprobamos que la caza de brujas continúa siendo uno de los fenómenos menos estudiados por la Historia, en parte -y según la opinión de Silvia Federici, una de las escritoras más reconocidas del feminismo anticapitalista, en su libro Caliban and the Witch. Women, The Body and Primitive Accumulation (Autonomedia, 2004), debido a la trasnochada indi­ferencia de los historiadores hacia este genocidio. Lo cierto es que un número tan elevado de mujeres no podrían haber sido masacradas de no haber sido porque planteaban un desafío a las estructuras de poder, lo que convierte a la caza de brujas en un fenómeno al que debemos regresar de forma reiterada -afirma Federici- si queremos comprender la misoginia que todavía caracteriza la práctica institucional y las relaciones entre hombres y mujeres.

El desencadenante de semejante violencia, contemplado desde una perspectiva de género, tiene en su origen el antiguo pensamiento misógino, heredado de una tradición que hunde sus raíces en el mundo clásico y que, aplicado a lo largo de los siglos, ha resultado ser un eficaz mecanismo de control social sobre las mujeres.

Puedes leer o descargar el texto completo aquí.

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