Frankenstein o las mil caras del mito

Ilustración de Frankenstein EFEALCUADRADO

Luis Alberto de Cuenca, César Mallorquí y Elia Barceló revisan, entre otros, el desarrollo y huellas de Frankenstein, uno de los iconos del imaginario popular del que se debate en los cursos del Escorial

Un científico loco o mad doctor es un profesional especializado en ciencia, física o medicina que usualmente trabaja solo y cuya actividad provoca sucesos peligrosos o catastróficos. Eso sí, no todo científico extravagante tiene que estar, necesariamente, chiflado. Además, son ególatras y excéntricos, suelen compartir obsesiones y difundir la idea de que la ciencia está por encima de cualquier consideración. Víctor Frankenstein fue el primero de la historia: un estudiante suizo que, obsesionado con el secreto de la vida, construyó un cuerpo a base de cadáveres. Desde entonces no han dejado de surgir hipótesis que traten de explicar las mil caras del mito de Mary Shelley. “Pocos consiguen transcender de esa forma”, ha dicho Luis Alberto de Cuenca. “Él solo se ha convertido en un icono, en un enigma intergeneracional”.

En verano de 2016 se cumplieron 200 años de la reunión en Villa Diodati que en 1816 congregó a Lord Byron, J. W. Polidori y la pareja formada por Percy B. Shelley y Mary W. Shelley. Al amparo de unos días en los que el volcán Tambora cubrió el cielo de cenizas, los invitados decidieron “escribir un relato de fantasmas”, entre los que nació Frankenstein o El moderno Prometeo, para muchos el mito literario, junto a Drácula, más influyente de la era contemporánea.

“A esta novela siempre se la consideró germinal por ser la primera de ciencia ficción, tener el primer hombre artificial creado por la ciencia y el primer científico loco de la historia. Algo que está muy bien para una mala novela”, señala César Mallorquí, Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 2013 por La isla de Bowen, uno de los participantes esta semana en el ciclo Los espejos del monstruo: 200 años de Frankenstein en los cursos de verano de la Universidad Complutense en El Escorial. “Que sea mala”, precisa De Cuenca, “no significa que no tenga un encanto”.

La propia Shelley describió en el prólogo del libro, cuya primera edición cumplirá también dos siglos en marzo de 2018, los motivos que le llevaron a crear a ese moderno Prometeo. “En el verano de 1816 visitamos Suiza y nos convertimos en vecinos de Lord Byron. (…) Pero resultó ser un verano húmedo y desagradable, la lluvia incesante nos impedía con frecuencia salir de casa”, escribió. “Unos volúmenes de historias de fantasmas, traducidos del alemán al francés, cayeron en nuestras manos. No he vuelto a leer aquellas historias desde entonces, pero permanecen frescas en mi mente, como si las hubiese leído ayer. ‘Cada uno de nosotros escribirá una historia de fantasmas’, dijo Lord Byron, y su propuesta fue aceptada”.

De aquella noche surgieron muchos cuentos y leyendas, de las que ninguna dejó la huella de Frankenstein. La creación de Shelley planteaba una equivalencia entre lo profano y lo divino que, a día de hoy, sigue escondiendo un debate moral sobre la creación de seres artificiales. “La cuestión es: ¿los seres humanos podemos crear vida de la nada?”, se cuestiona la escritora Elia Barceló. “Más que eso, yo lo veo como una reacción ante el pensamiento romántico”, añade Mallorquí. “Mary Shelley fue una accionista en el movimiento de mujeres, por lo que yo no creo que se volviera más reaccionaria de la cuenta”.

Fotograma de ‘Frankenstein’, de James Whale, la clásica película sobre el inquietante mito moderno EL MUNDO

Así, la autora pasó de escribir, con 20 años, una novela llena de entusiasmo y de elementos adolescentes a, en 1831, reescribirla. “En esa nueva edición”, explica el Premio Nacional de Poesía 2015 por Cuaderno de vacaciones, “cambia algunos pasajes escabrosos, como la posibilidad del incesto de Elisabeth, convirtiéndola en un personaje lejano desde el punto de vista familiar”. No obstante, la base no cambió: el horror sigue surgiendo de la razón y no rompe con el lenguaje de la novela gótica, sino que lo desarrolla en la que es considerada como la primera novela de ciencia ficción.

Detrás de este argumento se concentran tres mitos que, desde su origen, siempre le han rondado: por un lado, el del aprendiz de brujo -aquel que desencadena fuerzas que luego no puede controlar-; por otro lado, el del golem -que defiende el gueto de Praga de ataques antisemitas- y, por último, el de Prometeo -según el cual hay asuntos en los que los seres humanos no deben entrometerse pues pertenecen a la divinidad-. “Ese año estaban asistiendo a un momento en que se está abriendo una mentalidad científica: Dios y los dioses han dejado de ser tan importantes y estamos solos ante el destino. De modo que la ciencia es lo único que puede cumplir los valores del antiguo régimen y es por lo que Shelley escribe la obra”.

Esta mujer viuda, con varios hijos muertos y que estaba llegando al final de su vida -falleció a los 53 años- fue hábil al darse cuenta del peso que iba a tener la ciencia y la tecnología. “Generar un arquetipo con algo que iba a ser el tema principal de los años venidos no es tarea fácil”, destaca Mallorquí. Aunque quizás, añade Barceló, uno de los puntos más potentes de la historia es su aliento romántico. “Al final, Shelley era una mujer enamorada de un hombre casado, que vivía fuera de casa y que, de repente, se topa con esa idea y no la suelta”. Por lo que fue ella la que apostó por darle vida a su criatura de forma real, más que mágica.

“Todo eso está bien”, responde Mallorquí, “pero el gran milagro de Frankenstein fue Hollywood”. Temas como la vida, la muerte, la relación con los progenitores, la sangre o el origen de la vida aparecían reflejados en la cinta. “Son los grandes retos de la humanidad”. Así, fue éste quien cambió el concepto del cine mudo con su presencia en una película de 16 minutos, dirigida por J. Searle Dawley en 1910 y producida por el inventor de la bombilla, Thomas Alva Edison. “Probablemente, su iconografía resulta más apabullante que la de Drácula”, sostiene De Cuenca sobre la característica imagen de James Whale para su producción, en 1931. “Resulta muy complicado imaginarse otra que no sea la que aparece en ella”.

Desde entonces, se han realizado más de 90 películas -la última de ellas, la de Paul McGuigan- con las que se ha revivido y convertido ese mito individual en uno colectivo. “Mucha gente piensa que estamos en una época muy individualista, pero yo creo que no”, apunta Barceló. “Nos hemos vuelto menos ingenuos, eso sí. La amenaza que el monstruo de Frankenstein podría generar hoy sería sólo una anécdota: se le pegaría un tiro y fin del problema”, añade Mallorquí. Aunque la realidad es que su transcendencia va más allá. “Una cosa así sólo podía venir de Víctor Frankenstein”, concluye, “O estaba ebrio durante todo el proceso o se emborrachó al final. Por eso se horrorizó tanto de su creación. No hay otra explicación”.

Fuente: elmundo.es.

 

3 comentarios en “Frankenstein o las mil caras del mito

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s