Una historia de fantasmas

La figura del fantasma (del griego φάντασμα, «aparición») nunca pasa de moda, tal vez debido a la idea de que el alma o la conciencia pervive más allá de la muerte. El origen de esta creencia está íntimamente unido a la religión y la mitología, manteniéndose luego en el folclore y la literatura.

De todos los autores antiguos, Apuleyo (De Deo Socratis), escritor romano del siglo II de nuestra era, es el que habla con más claridad de la doctrina de los espectros:

El espíritu del hombre después que ha salido del cuerpo pasa a ser o se trasforma en una especie de demonio que los antiguos latinos llamaban lemures. Las almas de aquellos difuntos que habían sido buenos y tenían cuidado y vigilancia sobre la suerte de sus descendientes, se llamaban lares familiares pero las de aquellos otros inquietos, turbulentos y maléficos que espantaban los hombres con apariciones nocturnas se llamaban larvae y cuando se ignoraba la suerte que le había cabido al alma de un difunto, es decir, que no se sabía si había sido trasformada en lar o en larva, entonces se la llamaba mane.

Otro autor latino, Plinio el Joven (61-112 a.C.), en una de sus cartas, le pregunta a su amigo Licinio Sura si cree en los fantasmas («me gustaría muchísimo saber si crees que los fantasmas existen y tienen forma propia, así como algún tipo de voluntad, o, al contrario, si son sombras vacías e irreales que toman forma por efecto de nuestro propio miedo«). Plinio, que parece convencido de su existencia, se apoya en una serie de relatos cuyos protagonistas son personajes históricos o cercanos al autor, dando con ello un tinte de verosimilitud a sus palabras: el historiador Curcio Rufo, el filósofo Atenodoro y unos esclavos que estaban a su servicio. En los tres relatos, distintos espectros, con la noche como marco, logran comunicarse con los vivos. De ellos, el más interesante e inquietante es el que les dejo a continuación, cuya importancia radica en ser la primera historia de espectros donde aparece el componente sobrenatural y en presentar muchos rasgos típicos que marcarán en el futuro las historias de fantasmas (7.27):

Había en Atenas una mansión amplia y espaciosa, pero poco recomendable y peligrosa para vivir. En medio del silencio de la noche se oía una y otra vez el ruido del hierro y, si escuchabas con más atención, el estrépito de unas cadenas, primero más lejos y luego muy cerca. Después, aparecía, como un espectro, un anciano consumido por la delgadez y la suciedad, de poblada barba y cabellos hirsutos; llevaba y arrastraba al andar grilletes en los pies y cadenas en las manos. Por todo ello, los habitantes de la casa, en medio del miedo, pasaban en vela noches terribles y siniestras. A la falta de sueño le seguía la enfermedad y, al crecer el miedo, la muerte. Y es que, también durante el día, a pesar de que el espectro había desaparecido, el recuerdo de su imagen permanecía impresa en sus ojos, y el temor resultaba más duradero que la causa que lo provocaba. Por esta razón la casa quedó desierta y, con su abandono, condenada y entregada por completo a aquel espectro. un así seguía a la venta por si alguien, que no conociera semejante maldición, quisiera comprarla o tomarla en alquiler.

Atenodoro y el fantasma | Antigua Roma al Día

Llega a Atenas el filósofo Atenodoro, lee el anuncio y, al enterarse del precio, como le resultó sospechoso que costara tan poco, al preguntar al respecto se le explica todo y, a pesar de ello o, mejor, por ello con mayor razón alquila la casa. Cuando empieza a anochecer, ordena que se le prepare el lecho en la parte delantera de la casa, pide unas tablillas, un punzón para escribir y una lámpara; a todos sus sirvientes los manda al interior de la casa. Atenodoro pone su atención, sus ojos y su mano en escribir, para que su mente, al estar ocupada, no se imagine falsos ruidos ni miedos sin fundamento. Al principio, como en cualquier parte, el silencio de la noche. Después, un ruido de hierro y movimiento de cadenas. Él ni levantaba los ojos ni abandonaba su punzón, sino que persistía en su concentración más allá de lo que oía. Entonces, el estruendo iba poco a poco en aumento y se oía como si estuviese primero en el umbral, y después ya dentro de la habitación. Levanta la vista, lo ve y reconoce al espectro tal como se lo habían descrito. Estaba de pie y hacía señales con el dedo como si lo llamara. El filósofo, por su parte, le indica con la mano que espere un poco, y de nuevo se entrega a sus tablillas y a su punzón. El espectro seguía haciendo ruido con sus cadenas en dirección a la persona que estaba escribiendo. Esta vuelve de nuevo a levantar la vista, lo ve haciendo la misma señal que antes y, sin esperar ya más, coge la lámpara y lo sigue. Caminaba el espectro con paso lento, como si le pesaran las cadenas. Después de bajar al patio de la casa, de repente se desvanece y abandona a su acompañante. Ya solo, Atenodoro amontona hierbas y hojas colocándolas en el lugar como señal. Al día siguiente se presenta ante los magistrados y les pide que den la orden de cavar en aquel lugar. Se encuentran enredados y mezclados con cadenas unos huesos que el cuerpo, putrefacto por la acción del tiempo y de la tierra, había dejado al descubierto consumidos por los grilletes. Después de recogerlos, se les dio sepultura pública. A partir de ese momento la casa quedó liberada de los Manes, enterrados ya debidamente.

Respecto a la creencia en el mundo de los muertos, en las culturas antiguas como la grecorromana existía el culto a los manes y antepasados, estableciéndose un día anual designado para alimentarlos con ofrendas de alimentos o sacrificios, que los cristianos sustituyeron por flores en el Día de difuntos o de Todos los Santos). Así se calmaba a los antepasados y se aseguraba su benéfica influencia.

Los antiguos daban el nombre de manes a las almas de los muertos que suponían errantes de un lugar a otro a manera de sombras y a las cuales tributaban en ciertas ocasiones una especie de culto religioso, por cuya razón solían grabar sobre los sepulcros estas tres letras iniciales D. M. S. Dis manibus sacrum, consagrada a los dioses manes.

Entre los rituales expiatorios, los más destacados eran los días en los que la puerta del inframundo se abría al mundo de los vivos –mundus patens- y las lemuria, festividades en las que los espíritus malignos –lemures– reclamaban el alma de sus descendientes.

El fantasma siempre despierta nuestro interés, nos cuenta algo transportándonos a historias del pasado. El fantasma, a veces, también nos hace reflexionar, así como ocurre con el autor de la carta, quien, sin sospecharlo, dio forma a todo un arquetipo literario del género de terror.

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