El cine de las mujeres florero

La escasez de mujeres protagonistas en las películas no quedó anclada en la época dorada de Hollywood. Sacar de la sombra a muchas de ellas sigue siendo todo un reto en el cine de hoy en día porque “los seres dignos de encarnar el relato socialmente compartido son los hombres y nosotras somos una mera aventura que les pasa a ellos”. “Suena brutal pero es así de brutal” para la escritora, investigadora y crítica de cine Pilar Aguilar Carrasco, encargada de impartir en la Universidad de La Laguna el curso «¿Mujer de cine o de película? Aprender a mirar lo que vemos», organizado por el Vicerrectorado de Docencia.

Pilar Aguilar Carrasco en el Campus de Guajara, donde impartió su curso.Fotos: Emeterio Suárez (CC BY 3.0)

¿Su objetivo? Desmontar falacias y formar en el análisis crítico y feminista de las ficciones audiovisuales, especialmente de las del cine, pero también de algunas de la televisión. Un examen concienzudo de las escenas más representativas de películas tan conocidas como Pretty womanTres metros sobre el cielo o Hable con ella, entre otras muchas, portadoras de mensajes en los que ellos (los hombres), son los “atractivos y poderosos”, los que viven las historias, mientras que ellas (las mujeres) “se limitan a estar monas”.

Lo cierto es que la mayoría de los papeles protagonistas siguen siendo masculinos. Los de las mujeres, por el contrario, de “florero”, al lado de los hombres, “siempre guapas” y con 20 años menos que ellos, “por supuesto, porque no somos portadoras de ninguna historia interesante”. Y esto es algo que ocurre en el 80% de las películas, según Carrasco, frente a ese otro 20% restante en el que sí hay un relato compartido y el protagonismo está más o menos equilibrado entre actores y actrices.

Pocas son las historias de ficción, apenas un 10% o 12% (si acaso), en las que el protagonismo es feudo absoluto de las mujeres. Una evidencia que no responde a un deseo expreso de los hombres de no querer contar historias de mujeres. La realidad es más simple que todo eso y, en cierta forma, más “sibilina”: “A ellos, lógicamente les hacen más gracia las historias de hombres, de una panda de amiguetes jugando al fútbol, por ejemplo, que las de las mujeres”. Sencillamente, reproducen sus  “mecanismos aprendidos”.

Diseccionar esta realidad pasa por examinar lo que verdaderamente se cuenta en las películas, analizando las imágenes y ficciones para saber cómo se construyen y lograr así entender lo que quieren transmitir. Por eso, en los relatos de ficción es imprescindible apoyarse en lo que se oye (el sonido) y lo que se ve (la imagen) porque ahí está el elemento clave de la historia, como pasa en Pretty woman, ‒una de las películas analizadas en el seminario‒, que casi 30 después sigue estallando los audímetros cada vez que se repone en televisión.

La perfecta representación de la cenicienta moderna, interpretada en 1990 por Richard Gere y Julia Roberts, se “vendió” en su día como una historia de amor pero “cuando la analizas, ‒comenta Pilar Aguilar‒ te das cuenta de que el mensaje es mucho más perverso, de que hay un ser que tiene una serie de vivencias, unas cualidades y todo un mundo propio cuando encuentra a otro ser cuyo mundo es mucho más limitado y menos interesante que el suyo”.

Pilar Aguilar ha abordado también el papel de la mujer en el cine en su libro Feminismo o Barbarie, ‒”un intento de debatir ideas porque el feminismo se construye entre las voces de muchas mujeres que se interpelan”‒, en el que recopila muchos de sus artículos de prensa sobre otros asuntos latentes que preocupan y ocupan a su autora: la sexualidad, el patriarcado, las modas o la “imposición brutal de la imagen”.

A pesar de que en pleno siglo XXI se sigue hablando de feminismo, Aguilar considera que los logros han sido más que evidentes, auténticos pasos de gigante: “Hace un siglo las mujeres no podían votar. Creo, sin duda, que nosotras estamos ahora mismo en la avanzadilla del mundo, y lo pienso realmente”. Convencida de que el feminismo es un verdadero movimiento “liberador”, hace suya una frase de la recientemente fallecida Carmen Alborch: “El feminismo tendría que ser declarado Patrimonio de la Humanidad”.

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