La criminalización del conocimiento

¿Por qué la lucha por la libertad académica es la lucha por la democracia?

Erhan Arik, NarPhotos, Redux

Muchos académicos se encuentran sujetos a la censura, la prisión y el exilio. Han perdido sus posiciones y se preguntan si alguna vez podrán continuar con su investigación y su enseñanza. Han sido privados de su posición académica debido a su política o, a veces, sobre la base de puntos de vista conjeturados o atribuidos y afiliaciones que no tienen. Ellos también han perdido su vocación. Se puede perder un puesto académico por muchas razones, pero aquellos que se ven obligados a abandonar su país y su puesto de trabajo también pierden sus comunidades de pertenencia.

Una vocación es la historia acumulada de una vida de investigación, su dirección y su compromiso: uno piensa y estudia de cierta manera, uno se dedica a una forma de investigación y a una comunidad de interlocutores y colaboradores. Un puesto de docente hace posible seguir una vocación; proporciona el apoyo crucial para escribir, enseñar e investigar; paga el salario que libera la vida para dedicarse al trabajo dedicado en el campo de uno. Los eruditos en el exilio pierden su capacidad de trabajar en su propio idioma, en su propio país; pierden el poder y la libertad de perseguir su pasión, su compromiso, la trayectoria de sus vidas.

Una carrera académica puede ser destruida por Universidades o gobiernos con el argumento de que el contenido del trabajo, real o imaginado, se determina como una amenaza para los poderes existentes. Tal vez fue el plan de estudios de un curso o el tema de una disertación supervisada lo que provocó la ira del estado, o, tal vez, fueron las posiciones políticas que uno ha tomado dentro de la Universidad o fuera de sus paredes: sindicalización, desmilitarización, oposición al nacionalismo. Esas posiciones están distorsionadas por los censores y por aquellos con el poder de destruir una carrera y expulsar a un ciudadano. Las posiciones reales de uno son exageradas, demonizadas y sensacionalistas. Un llamado a la democracia se interpreta como sedición; un llamado a la paz se transforma en una alianza con el terrorismo; un llamado a la libertad se considera un llamado a la violencia.

Los castigos adoptan muchas formas: hostigamiento incesante, amenazas de violencia o violencia real, listas negras, vigilancia, censura abierta o encubierta de publicaciones, audiencias internas o juicios públicos sin proceso debido, amenazas abiertas, despido de la Universidad, expulsión del país …

Consideremos la diferencia entre la libertad académica y los derechos de expresión política, ya que no son lo mismo. La libertad académica pertenece a los miembros de la Facultad dentro de las Universidades donde han sido designados con el propósito de enseñar y buscar conocimiento. La expresión política es el derecho de los ciudadanos a exponer los puntos de vista políticos a su antojo. Confluyen cuando los académicos que hablan “extramuros” sufren represalias o castigos dentro de la Universidad o se ven amenazados por la pérdida de sus puestos. Por tanto, los derechos de libertad académica y expresión política extramuros requieren estructuras institucionales y apoyo dentro de la Universidad, y requieren un compromiso explícito y duradero de las Universidades. De hecho, la tarea de la Universidad se ve socavada cuando cualquiera de esas libertades está en peligro. Y aunque cada caso de un erudito en riesgo es distinto, todos están unidos por el fracaso de las Universidades para salvaguardar esas dos libertades. Las Universidades tienen la obligación de resistir las formas de intervención externa que buscan controlar el curso de la investigación académica o castigar el discurso extramuros.

La Asociación Internacional de Universidades ha argumentado que es una obligación central de las Universidades proteger la libertad académica y proteger y promover esas formas de investigación, por agonísticas que sean, que permitan el conocimiento del mundo en sus múltiples vicisitudes. Además, la libertad académica presume y fomenta la oposición a las opiniones intelectuales porque sólo a través de la contestación abierta y participativa el pensamiento se vuelve más matizado, más fundamentado, más persuasivo, más estrechamente aliado con la búsqueda de la verdad. Cuando, a través de la censura, esa competencia vital de puntos de vista se trunca, también lo es el potencial crítico del pensamiento que la Universidad está obligada a mantener viva.

La libertad académica y la libertad de expresión no son lo mismo. Las actividades profesionales relacionadas con el puesto académico deben estar protegidas por la libertad académica. Las declaraciones extramuros que hagamos cualquiera de nosotros sobre el mundo que habitamos, las instituciones en las que trabajamos o cualquier asunto de interés público deben estar protegidas por los derechos de la libre expresión. Esto no significa que la libertad académica permita ningún tipo de expresión en el aula, ni tampoco significa que todas las declaraciones políticas estén igualmente protegidas como expresión política legítima. Sin embargo, por muy complejos que sean estos derechos, y por más abierto que sea el debate sobre sus límites y significados, constituyen principios que deben defenderse.

El muro entre la libertad académica y la expresión política es poroso; está marcado por ventanas y puertas. La luz exterior arroja su sombra en el interior, y el trabajo en el interior a menudo se derrama en los pasillos y en las calles de afuera. Esas formas vitales de paso caracterizan un buen seminario académico.

Una consideración de estas dos libertades aclara las obligaciones globales de las Universidades para oponerse a la censura, a la destrucción de la vida profesional de aquellos que son atacados por sus puntos de vista reales o imaginarios y, en definitiva, a la criminalización del conocimiento.

Fuente: The Chronicle Higher Education

3 comentarios en “La criminalización del conocimiento

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