Las Lupercales constituyen una de las festividades más antiguas, enigmáticas y simbólicamente complejas de la religión romana arcaica. Celebradas anualmente el 15 de febrero, estas fiestas estaban profundamente vinculadas con la purificación, la fertilidad y la regeneración tanto de la naturaleza como del cuerpo social romano. Su carácter híbrido, que combina elementos pastoriles, rituales de iniciación y prácticas apotropaicas, ha suscitado un amplio debate historiográfico en torno a su origen y significado.
El nombre “Lupercalia” deriva probablemente de lupus (lobo), animal asociado tanto con la ferocidad como con la protección mítica de Roma, especialmente a través del relato fundacional de Rómulo y Remo, amamantados por una loba en la cueva del Lupercal, situada en el monte Palatino. Este lugar era precisamente el epicentro ritual de la festividad, lo que sugiere una conexión directa entre las Lupercales y los mitos de origen de la ciudad.


Desde el punto de vista ritual, las Lupercales eran conducidas por los Luperci, un colegio sacerdotal compuesto inicialmente por miembros de familias patricias, divididos en dos grupos principales: los Fabiani y los Quintilii. Durante la ceremonia, se sacrificaban cabras y un perro, animales cargados de simbolismo: la cabra asociada a la fertilidad y la vitalidad sexual, y el perro a la purificación. Tras el sacrificio, los sacerdotes se cubrían parcialmente con las pieles de los animales y corrían alrededor del Palatino, golpeando suavemente con tiras de cuero (februa) a las mujeres que encontraban a su paso.

El poeta Ovidio describe este ritual en su obra Fasti (II, 425-452), donde explica tanto su origen mítico como su práctica:
“La piel de la cabra cortada en tiras sirve para los golpes rituales;
y el azote, ligero, favorece la fecundidad de las mujeres.”
Este testimonio evidencia la interpretación positiva del ritual dentro de la mentalidad romana, en la que el contacto físico con los februa tenía una función claramente propiciatoria.
Por su parte, el historiador griego Plutarco ofrece una descripción detallada en Vida de Rómulo (21), donde vincula directamente las Lupercales con prácticas arcaicas de purificación y con la vida pastoril primitiva de Roma:
“Los Lupercos sacrifican cabras y, tras cortar sus pieles, corren desnudos por la ciudad, golpeando a quienes encuentran, especialmente a las mujeres, que consideran esto como ayuda para la fertilidad.”
Plutarco subraya además el carácter antiguo y rústico de la festividad, interpretándola como un vestigio de costumbres preurbanas que persistieron en la Roma histórica.
Asimismo, el mismo autor, en Cuestiones romanas (68), reflexiona sobre el significado simbólico del ritual, destacando su función purificadora y su posible relación con antiguos ritos de expulsión del mal:
“Parece que este rito es una forma de purificación de la ciudad, en la que el desorden momentáneo contribuye al restablecimiento del orden.”
Este acto, lejos de interpretarse como violencia ritual, era entendido como un gesto propiciatorio que favorecía la fertilidad femenina, el embarazo y un parto saludable. De hecho, muchas mujeres se ofrecían voluntariamente a recibir estos azotes, lo que pone de manifiesto la internalización social de las creencias religiosas y su relación con la vida cotidiana.

Desde una perspectiva antropológica, las Lupercales pueden interpretarse como un rito de paso o de renovación cíclica. La desnudez parcial de los Luperci, su carrera desordenada y el uso de pieles animales evocan un retorno simbólico a un estado primitivo o pre-civilizado, lo que permitiría la regeneración del orden social mediante el contacto con fuerzas naturales y caóticas. Este tipo de inversión ritual del orden es característico de muchas festividades antiguas, en las que el caos temporal refuerza el orden estructural.
Asimismo, las Lupercales estaban estrechamente vinculadas al calendario religioso romano. Se celebraban en el mes de Februarius, cuyo nombre está relacionado con los rituales de purificación (februa), lo que refuerza la interpretación de la festividad como un mecanismo de limpieza simbólica antes del inicio del nuevo ciclo agrícola y religioso en marzo.
El propio Ovidio señala en Fasti (II, 19-22):
“De aquí proviene el nombre del mes: de los ritos de purificación (februa);
pues nuestros antepasados llamaban así a los instrumentos que purifican.”
Con el paso del tiempo, especialmente durante la República tardía y el inicio del Imperio, las Lupercales experimentaron transformaciones significativas. Aunque conservaron su estructura básica, su función política se hizo más evidente. Un ejemplo notable es el episodio en el que Marco Antonio, en su calidad de Lupercus, ofreció una corona a Julio César durante las Lupercales del año 44 a.C., acto cargado de simbolismo monárquico que tuvo importantes repercusiones políticas.
“Antonio, corriendo como Luperco, intentó colocar una corona sobre la cabeza de César; pero este la rechazó entre los aplausos del pueblo.”
Este evento, relatado por Plutarco en Vida de César (61), demuestra cómo una festividad tradicional podía convertirse en escenario de propaganda política y tensiones institucionales.
Finalmente, con la expansión del cristianismo, las Lupercales fueron progresivamente rechazadas por su carácter pagano. A finales del siglo V d.C., el papa Gelasio I condenó oficialmente la festividad, considerándola incompatible con la moral cristiana. Tradicionalmente, algunos estudios han vinculado la desaparición de las Lupercales con el surgimiento de la festividad de San Valentín, aunque esta relación sigue siendo objeto de debate académico.

En conclusión, las Lupercales representan un ejemplo paradigmático de la complejidad de la religión romana antigua, en la que se entrelazan mito, ritual, política y vida social. Su estudio permite comprender no solo las creencias religiosas de Roma, sino también las estructuras simbólicas que sustentaban su identidad colectiva y su continuidad cultural.
