Roma fue la capital de uno de los imperios más grandes de la historia, lo que, en su momento de mayor esplendor, atrajo a cerca de un millón de habitantes. Esta enorme población frecuentaba las tabernas y locales típicos de la época, lo que permite hablar, en cierto modo, de una forma temprana de turismo gastronómico y enológico en la Antigüedad.
Existían tres tipos principales de establecimientos, que se diferenciaban según los servicios que ofrecían. El más completo era la caupona, que podría compararse con una especie de hostal actual. En la planta baja se servían comidas, mientras que en los pisos superiores se ofrecía alojamiento. Dependiendo del tamaño del local, también podían contar con espacios privados para grupos que deseaban pagar un suplemento a cambio de mayor intimidad.


Los otros dos tipos de locales eran la popina y la taberna, ambos similares a lo que hoy consideraríamos un bar. La principal diferencia entre ellos era que la popina disponía de mesas y sillas, mientras que en la taberna los clientes solían comer de pie o sentados en bancos situados en el exterior del establecimiento.


En ambos casos se servían comidas rápidas y menos elaboradas que en la caupona, ya que al mediodía los romanos acostumbraban a realizar una comida ligera y rápida.
La comida y la bebida se almacenaban en ánforas que se mantenían encastradas o suspendidas en el mostrador del establecimiento, lo que hoy podríamos comparar con la barra de un bar, permitiendo así servirlas con rapidez. Este mostrador contaba además con un espacio con agua destinado al lavado de los utensilios y con un pequeño brasero que se utilizaba para calentar los alimentos.



La comida era sencilla, aunque bastante variada: incluía legumbres, queso, fruta, huevos, aceitunas, verduras, tortas de trigo e incluso carne y pescado. Estos alimentos se aderezaban con distintas salsas y aliños elaborados con miel, vino, vinagre y diversas especias. Sin embargo, si había un condimento especialmente apreciado por los romanos era el garum, una salsa de sabor intenso elaborada a partir de vísceras de pescado fermentadas, con la que solían aderezar gran parte de sus platos.

La bebida más habitual era el vino diluido en agua, ya que el vino puro solía reservarse para banquetes y ceremonias. Además, como el vino tendía a avinagrarse con facilidad, era frecuente añadirle miel para suavizar su sabor.
Entre las bebidas populares en las tabernas también se encontraba el piperatum, preparado con una mezcla de agua caliente, vino, miel, pimienta y hierbas aromáticas; y la posca, una combinación de agua y vinagre muy extendida debido a su bajo coste.


Aunque los romanos solían realizar una comida rápida y ligera, no todos tenían prisa por abandonar la taberna. Al igual que ocurre hoy con los bares, estos locales también funcionaban como espacios de reunión y ocio donde la gente pasaba el tiempo.
Entre los servicios que podían ofrecer algunos de estos establecimientos estaba la compañía femenina. No se trataba necesariamente de prostitutas, sino a menudo de esclavas, libertas o incluso de las propias hijas de los dueños del negocio. En este contexto, se consideraba algo habitual que un cliente pagara por mantener relaciones sexuales con las camareras, un servicio relativamente económico, cuyo precio podía ser similar al de una copa de vino.





La cultura del vino —las tabernas y la vida social que se desarrollaba en torno a ellas— constituye una de las aportaciones más destacadas de la presencia romana en todo el ámbito mediterráneo. Estos establecimientos, junto con los prostíbulos, solían ser algunos de los primeros lugares que visitaban los extranjeros al llegar a la ciudad, razón por la cual con frecuencia se situaban en zonas contiguas o incluso en un mismo edificio.


La afluencia de gente que recibían a diario supuso un intercambio cultural unido de forma inseparable al mundo griego y romano.
